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El deseo sexual no tiene exclusividad. No se limita a una sola persona, ni necesita amor para encenderse. Seguro que puedes recordar situaciones en tu vida en las que te ha atraído otra persona diferente a tu pareja. O que te ha atraído alguien con quien sabes que no llegarías a nada más. 

Aceptémoslo: El deseo es promiscuo

Lo sé. Es algo difícil de aceptar cuando se está en pareja, pero es así. Y cuando uno trata de negarlo es cuando pueden aparecer los problemas que pongan en riesgo a la pareja. Me explicaré con un ejemplo:

En una pareja, cuando uno de los de repente empieza a desear a otra persona y no entiende que eso es algo normal, puede llegar a cuestionarse el amor que siente hacia su pareja y pensar: ¿y si ya no siento lo mismo por mi pareja? ¿Y si se terminó lo que teníamos? ¿Y si este deseo significa que debo romper con mi pareja?  

En realidad no hay nada que cuestionarse, de entrada. Desear a otra persona es normal y no significa que el amor, la complicidad y los compromisos vitales de la pareja hayan fracasado.

Sin embargo, una vez asumido que el deseo no es exclusivo hacia una sola persona, es momento de pensar en cómo vamos a canalizar ese deseo.

Como canalizar nuestra promiscuidad

Cada vez es más común encontrar a parejas abiertas que entienden esta diferencia entre deseo y amor y se permiten ciertas libertades. Desde asistir a intercambios de pareja, tríos o saunas eróticas, hasta permitirse mútuamente algún desliz de noche loca, sin darse aviso ni detalles.

Hay quien piensa que tomarse este tipo de libertades acaba estropeando la relación de pareja. Otros, generalmente los que lo practican sin celos ni egoísmo, se dan cuenta que su relación está llena de confianza y complicidad. Son capaces de entender que su amor es mucho mayor que el deseo erótico de un instante. Y van más allá: son tan generosos que se lo permiten entre sí, sin reproches ni inseguridades.

Ciertamente, conseguir una relación así debe ser complicado. Los celos, miedos e inseguridades de cada uno pueden hacer que la relación se termine rompiendo. Además, hay personas que por su valores morales no verían bien la promiscuidad, ni siquiera estando libres y mucho menos estando en pareja.

En ese caso siempre quedará la represión del deseo. Evitar coincidir con esa persona deseada, no mirarla, no fijarnos en esos rasgos que tanto nos excitan. La verdad es que no lo recomiendo, porque cuanto más tratamos de reprimir un deseo más difícil es sobrellevarlo y más intenso se vuelve.

También podrías dejar ese deseo en el baúl de las fantasías y contentarte con sacar alguna de esas imágenes eróticas de vez en cuando… esas escenas que te imaginas vivir pero que guardarás con llave y jamás compartirás.

La cuestión verdaderamente importante es la forma en la que cada persona gestione ese deseo. Unos le llamarán autocontrol a lo que otros le llaman represión. Los primeros llamarán promiscuidad a lo que los segundos llaman libertad. Todo depende del cristal con el que lo mires, pero sea como sea hay que aceptar lo siguiente:

La fidelidad es negociable, en cambio el deseo sexual es inevitable.

¿Qué harás tú con ese deseo? ¡Eso ya es cosa tuya!


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