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Una persona transexual o transgénero es aquella que ha nacido con cuerpo de mujer u hombre, pero que no se identifica como tal. Es una enfermedad llamada disforia de género, está reconocida en cada vez más países –aunque todavía hay mucho trabajo por hacer- y significa que estas personas han nacido con un cuerpo equivocado. No se trata de una preferencia personal, una desviación o una extravagancia. Es una realidad.

La imagen que se tiene de los transexuales es, sin embargo, eminentemente femenina. Es decir, nos imaginamos a un transexual como un hombre operado para ser mujer, en muchos casos con la voz grave, altura destacada, corpulencia… pero la transexualidad funciona en los dos sentidos, y de lo que no se habla tanto es de la transexualidad masculina, o lo que es lo mismo, el caso contrario.

La transexualidad masculina

Un transexual masculino es un hombre que nació mujer. No es una mujer lesbiana con formas de comportarse y vestir típicamente masculinas. Es un hombre que nació con vagina y que en la adolescencia desarrolló pechos. Así de sencillo de explicar, pero durísimo de vivir, tal como ocurre en los casos en los que el problema se da al revés, mucho más extendidos o por lo menos conocidos.

Los transexuales masculinos suelen ser más difíciles de “detectar” que los femeninos, puesto que al fin y al cabo muchas mujeres tienen la voz grave y muchos hombres más bien aguda, y los rasgos de las personas no son siempre tan fáciles de asignar a cada sexo tal como nos enseñan a conocerlos.

En cuanto a los cambios a los que se someterá una persona transexual, es más o menos conocido que para “convertirse en mujer” se elimina el pene y se usa la piel para crear una vagina artificial, pero… ¿cómo es el caso de los transexuales masculinos?

Si la persona se lo puede permitir, y quiere –porque muchos transexuales no quieren pasar tampoco por todas las partes del proceso y están en su derecho de seguir considerándose del sexo contrario a aquel con el que nacieron-, llevará a cabo un tratamiento de reemplazo hormonal, en el que se le inyectará testosterona, lo que facilitará la aparición de vello por las zonas del cuerpo en las que los hombres los tienen, además del agravamiento de la voz, y probablemente se someterá a una operación para extirparse los pechos y recolocarse los pezones en una posición más natural para un hombre.

En cuanto a la zona más delicada del proceso, algunos optan por someterse voluntariamente a una histerectomía, es decir la extirpación del útero, y para conseguir el pene hay varias opciones: una de ellas es la metoidioplastia, que consiste en aprovechar el crecimiento del clítoris gracias a la testosterona –que variará según el paciente- y la posibilidad eréctil natural del propio clítoris. Hay que recolocarlo en una posición más propia del pene, y se puede reconducir la uretra por dentro para que el paciente pueda orinar de pie. Además, para los testículos se crea una bolsa escrotal con tejido de los labios vaginales y se introducen unos testículos prostéticos para dar realismo al conjunto.

Otra forma es la faloplastia, que es la reconstrucción de pene a partir de tejidos de varias partes del cuerpo. Es una operación mucho más complicada y para la erección se requiere una prótesis que debe ponerse en marcha cada vez que se quiera usar para la penetración sexual.

Son operaciones complicadas y traumáticas, además de costosas, por lo que no todos los transexuales masculinos optan por someterse a ellas, incluso la mastectomía es algo a lo que no todos se someten, en cuyo caso se opta por disimular su volumen con según qué sujetadores. De cualquier manera es un tema menos conocido y por el que los pacientes sufren aún más si cabe que sus contrapartidas femeninas.

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