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Una escort es una acompañante de lujo, una prostituta en realidad, pero de alto standing, y de la que se esperan unos estándares de calidad tanto en las relaciones sexuales en sí –que algunas veces ni siquiera se llevan a cabo, limitándose al acompañamiento en público- como en todos los momentos previos y posteriores a las mismas.

Es por ello que los clientes tampoco suelen tener el perfil del típico ciudadano de a pie que recurre al sexo de pago por los motivos que sean, sino que se trata de hombres acaudalados –los precios de las escorts no están al alcance de cualquiera- y generalmente con una forma de comportarse acorde con los círculos en los que se suelen mover tanto ellos como las escorts.

Cada vez hay más mujeres

Pero a veces los esquemas que tenemos tan claros se rompen, y es que cada vez más los clientes de las escorts son… clientas. No es nuevo, aunque sí un porcentaje mucho menor que el de los hombres, que las mujeres recurran a contratar servicios de prostitución, pero lo que no es tan común ni conocido es que contraten a otras mujeres para relaciones lésbicas de alto standing.

No siempre se trata de relaciones lésbicas, ojo, porque en algunos casos las clientas son mujeres que quieren contratar a una profesional para hacer un trío con su marido sin tener que buscar en la calle, pero la mayoría de las veces sí, las mujeres que acuden a las agencias de escorts buscando a una prostituta de lujo lo hacen para beneficiarse ellas mismas de los servicios que estas ofrecen.

Al parecer es cada vez más habitual que mujeres maduras, de 40 años para arriba, y de éxito profesional, utilicen su buena posición económica para invertir en algo que hasta ahora habían dejado de lado: explorar su propia sexualidad, ir más allá de lo que están acostumbradas a hacer y dejarse hacer y, en muchísimos casos, descubrir de una vez por todas si son heterosexuales como siempre han creído o podrían ser homosexuales como en el fondo siempre han sospechado.

Para casos así, una excelente forma de disipar cualquier duda, siempre que el dinero lo permita, es contratar a una escort y ver cómo va el tema. ¿Por qué? Pues porque con una chica de compañía la discreción está asegurada, así como el buen gusto y el trato que diferencian el encuentro del que se produciría con una mujer de la calle o de un prostíbulo, mucho más rudo, directo y frío.

Cuando una mujer contrata a una escort sabe que esta se tomará su tiempo, que antes del sexo podrá hablar con ella, recibir sus atenciones y si la cosa funciona entonces sí, meterse en la cama con ella, donde probablemente experimentará cosas que hasta el momento le habían sido negadas, y así saber con certeza si sus preferencias sexuales están orientadas al mismo sexo, al contrario o bien a ambos.

La ventaja de utilizar este método es que conocer a alguien y luego decidir si nos metemos con esta persona en la cama es algo que ya hacemos fuera de la clandestinidad, pero conlleva un cortejo, citas y otras situaciones que este tipo de clienta no se puede permitir por tiempo e imagen pública, así que con una profesional, además de tener el sexo asegurado -puesto que la escort ha recibido dinero para aceptarlo si se da el caso-, se consigue sin necesidad de tener múltiples citas y situaciones desagradables que se podrían derivar de las dudas sobre la orientación sexual. Dicho de otra forma, si una mujer resulta que al final no es lesbiana, la escort no se lo va a tomar mal ni montará un espectáculo, y si lo es… seguramente descubrirá una nueva vida y se acordará de la escort que se la mostró.

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